15
Jul
10

Review 89dB

Proponer no (siempre) es transgredir. Disfrutar no es entender. Rompamos el hechizo y volquemos las cartas de una buena vez: la obra de The Great Wilderness no es de fácil abordaje; hurgar en los motivos es, en casi mismas proporciones, absurdo e inútil. Diremos, pues, que su sonido dista de ser el típico de la ocasión: tambores, guitarra, bajo, voz y todo el mundo contento.

El arte es eminentemente sensorial, por no decir totalmente. Le apuesta a la piel de gallina, a la mirada vidriosa, y al sentimiento que ello evoca. El arte es, sobre todo, una experiencia emotiva. Me permito agregar, ya que estamos lanzando apelativos sin discriminación alguna: como el amor, reniega de las primeras impresiones.

En honor a la verdad, me sería imposible afirmar que el gusto por este álbum me vino dado desde un principio. Nada raro, me conozco y sé que ese segundo aire tarda caprichosamente en ingresar al sistema. Vuelta tras vuelta, el estéreo no sucumbió; luego de no menos de veinte visitas, AoGV hizo clic y de ahí en adelante, todo fue cuesta abajo.

El sonido abrasivo y crudo se tornó, paulatinamente, en uno armonioso, accesible (para el escucha “iniciado”), y agresivo (en el buen sentido). Tardó en abrirse el portillo, para que con él sobreviniera un aluvión de impresiones imposibles de imaginar hasta entonces. El disco transfiguró, fenómeno que siempre agradezco (aunque tarde en aparecer) y a la luz del cual me es mucho más fácil emitir juicios de valor.

A este punto, y tratándose de un EP semiconceptual el que nos ocupa, las reglas implícitas de la lógica y el buen gusto indican un único camino a seguir: el análisis pormenorizado, pieza por pieza. ¿Qué esperar? ¿A qué suena? ¿Quiénes están detrás? Todo, en las siguientes líneas.

1956
Ha de ser un insensible o un completo desalmado el que no se deje seducir por un redoble como el que marca el inicio de este tema. Potente, limpio, emisario de buenas noticias. Remitiéndome a una jerga que no procede, pero que sin duda no tardarán en identificar, 1956 maneja los tiempos a la perfección. No sube su intensidad caprichosamente y nos deja al garete en plena cúspide; por el contrario, experimenta con los registros vocales, el compas de la batería, e incluso los samples, para construir una pieza que no solo invita, sino que también motiva y emociona.

Ada
Una apuesta arriesgada, pero ejecutada con sapiencia: 6 minutos remiten a la más elaborada intro progresiva; aquí son todo: preludio, cuerpo y desenlace. El bajo cobra especial protagonismo, al igual que los coros: etéreos, atmosféricos, nunca demasiado al frente, formando un atractivo contrapunto con la voz principal. Un segmento instrumental de casi 3 minutos (saque cuentas, la mitad de la duración total) nos permite valorar y sacar de contexto la obra de la banda: dream rock, shoegaze, post-punk, no definen ni abarcan un sonido sin la debida cuota de sorpresa, tan necesaria y carente en la industria musical que —muy a mi pesar— hoy por hoy nos toca consumir.

Silverscreen
Me voy a permitir llevar la contraria, disentir con un cierto grado de aprobación: si tuviese que extraer un solo tema de los que componen este álbum, una especie de corte transversal que ponga al descubierto la esencia misma de la agrupación… ese no sería Silverscreen. Sí, reúne todos los elementos para ser un sencillo de éxito sin precedente, lo veo siendo coreado por multitudes, un doble o triple platino, pero dista —aunque no mayoritariamente— de ser la marca The Great Wilderness por excelencia. Se agradece, se disfruta y por esa misma razón, sin pensarlo mucho, pertenece.

Sandbox
Me ha costado un mundo identificarla casi desde la primera vez que la escuché, en vivo, meses atrás. Mi cerebro trabaja torpemente, precisa siempre de un gancho que facilite la comunicación y el entendimiento. Sandbox se me hace muy similar al resto, los riffs, los fraseos de la segunda guitarra, incluso la voz; lo que en las tres predecesoras destaca, en ella se me hace repetitivo. Los dejos del sonido sucio y distorsionado recrudecen, y es momento de dar paso a la siguiente.

Kiddy Plane
Cierre distópico para un sueño post-apocalíptico. Bajan las revoluciones, el tempo y cada cual adopta un rol distinto, más simple, igualmente atrapante. Kiddy Plane me deja exactamente la misma sensación que un filme en el que —aparentemente— no sucede nada. Todo a escala, sin premura, llevado a su mínima expresión. Las voces forman un juego muy agradable al oído: una lleva la delantera, la otra le da caza; ambas se complementan. El soundtrack de la despedida, de lo que no pudo ser, del desencuentro… ideal para tardes lluviosas, como esta.


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